sábado, 2 de octubre de 2010

MICHOU POURTALÉ

EL SATORI EN NÉSTOR PERLONGHER


Con un rebrote amazónico entre manglares brasileños, surge el borbotón histriónico del verso argentino de Néstor Perlongher. Su extravagancia a flor de piel se apodera de nosotros en lo que él llama “un frenesí negativo” y nos arremolina dentro de su decir como en el de “un saurio en las maromas del abismo”.
Antes de abordar la obra de Néstor Perlongher es necesario conocer que nace en Avellaneda, la noche de Navidad de 1949, provinciano, la gran urbe del suburbio lo marca con firmeza. Cuando contrae sida, recurre al Padre Mario Pantaleo. Perlongher sabía que con la imposición de sus manos el Padre Mario aliviaba y hasta curaba a quienes acudían a él. Guiado por la fe, peregrina hacia los pagos de González Catán al encuentro del Padre. De estos encuentros nace el poema “Alabanza y Exaltación del Padre Mario” que expresa confianza y devoción por parte del poeta, quien finalmente muere un 26 de noviembre de 1992, en San Pablo, Brasil, donde residía.
Este sociólogo y antropólogo fue en su juventud militante de izquierda, más tarde se aleja y lucha por los derechos del homosexual dentro del Movimiento Homosexual Argentino. Sociólogo, ingresa en la maestría de Antropología de la Universidad de Campinas, Brasil, de la que es nombrado profesor.
Entrevistado el poeta confiesa que reconoce las influencias de Góngora, Lezama Lima, Rubén Darío y Severo Sarduy. Estas lecturas distorsionan su verso, lo retuercen de manera tal que con palabras él obtiene una voluta, sierpe mordiéndose la cola, dando lugar a un estilo al cual denomina “neobarroso”, término que reúne en contradicción la perla deforme del barroco con el barro del Plata. De esta tan peculiar forma, él logra poemas que son una provocación de audacia extrema, a veces hasta una revulsiva muestra de excepcional riqueza como fidedigno arte de entreverada orfebrería neobarroca. El crítico Osvaldo Baigorria, en relación al estilo de su amigo poeta, dice: “Perlongher escribía contra el realismo que pretende documentar la realidad y contra el romanticismo que hace una literatura de la confesión. Buscaba eliminar el yo en la poesía, que el poema no tuviera un referente externo, que se sostuviera por sí mismo”.
El poeta sabe que la poesía no se inventa por voluntad, el instinto creativo que él posee lo lleva a mostrarse espontáneo y genuino, ya que sin buscar lo discordante logra un raro entramado de apelmazada textura en forma tan natural que lo distingue entre los poetas de su generación. Su verso explota como fuego de artificio provocando una notable parafernalia seductora, por ejemplo en el poema “La Almena, los Caballos” de su primer libro “Austria-Hungría” (1980) dice: “Si, acodado en la almena, no viese morir a los caballos / se pudiere pasar, envuelta en gruesa manta, al otro lado? / No hubiera que decir: hay una almena, un foso donde flota / un puente por donde no cabalgan, ya levado / Es natural que crepen los caballos / mientras se está acodado / y el ruido de la piel de los caballos / contra el agua tortuosa / en una almena acomodado, atado / mientras caen los caballos ? / el ruido de la caída de un cuerpo en el / caballo?”. Ya en el libro “Alambres” (1987), su preferido según lo declara en alguna entrevista, aparece la temática de la homosexualidad cuando Perlongher, tratando el tema del miché, personaje que vive del comercio del travesti, dice: “El travesti, drapeado entre fantoches de irisable mondura: / monda, monda: ronda, cercena y raspa: la mondura / montada en cardenales, en fetiches: pescuezo de lamé, cuello de gata: / botella atravesada: el irisado almácigo: hortelano / curva, cencerro y paja: la travesti”.
El poeta confiesa su elección homosexual y con un desparpajo que le es propio ironiza sobre el mundo que lo rodea hasta llegar a la mofa con altura. Esta elección de género para sí, hace que el género poesía se desdoble para dar marco permisivo a un pensamiento estrambótico pero a la vez particularmente bello. Esto se debe a que Perlongher posee un don que le surge desde el inconsciente cuando pone palabras que conjugadas entre ellas dan al verso giros insospechados. En su poesía neobarrosa se encuentran términos criollos como: patacones, rastras, bagual, chiripá amarillento, circuito en pangaré, rebenque, facones. Por otro lado él también desarrolla una poética de lo urbano. Escuchemos estos fragmentos del poema “Viedma” del libro “Hule”: “¿Qué es para mí Domínico? ¿Qué es Quilmes? / ¿Qué es Ezpeleta con sus zaguanes inundados? / ¿Pantanales de Hudson con su lama católica? / ¿Sus cintas? / ¿Sus recados de fino colomí? / ¿Sus lagartijas de papel plateado?/ ¿Sus bombachas?” y en el mismo poema el poeta nombra también a “la Quema, en la Boca, en la Basura”, luego más adelante dice: “En Lobos, donde Juan Moreira / besa a Julián en el andén¡ / desde Echeverría, donde Moreno / azuza las ovejas coloradas / con el estambre híbrido de un moño”. Tampoco Perlongher se priva de hacer economía en la elección de registros de vocablos como lamé, paño lenci, brin, rayon, tafetas, paño a lunares, muselina, saquito de banlon, lentejuela, capelina y otros probablemente nacidos del costurero de su madre que era modista. Éstos se vuelven habituales fonemas que suenan como trombas o cellos en el verso neobarroso. Ese todo absoluto viaja de poema en poema, dejando entrever con signos de un modernismo anárquico, el vaivén de su propia vida. Es necesario para el lector devenir permeable ante la vibración del verso de Perlongher, un verso que por momentos se supone puede generar cierto desagrado a un público prejuicioso como en el caso del poema “Riff O RITZ” que dice: “Después Dios y toda la novela de las nubes. / Monjas flotantes, en pelota. / Asoma la brillante estolidez / en alas flojas de cetín celeste”, el mismo poema termina así: “toda la melancolía de la tarde / no alcanza para contener / el trágico cimbroneo de la carne”. Lo que interesa realmente es el trato de su barroquismo lírico que lo alza en vilo, para sostener sin métrica alguna, versos de extrema construcción-deconstrucción, asumiendo un riesgo muchas veces difícil de entender, ejemplo son estos versos de “Superficies Paganas”: Erguías / en el sublime transparente, los andariveles / de una joya que ríe al irisar / de pegajosa piel ébano chirle”. El poeta, en su rastreo interno dice que: “no nada sino que se deja llevar, ser arrastrado, en el remolineo de las hélices por el torrente pantanoso” y así se vierte y al mismo tiempo se con-vierte incontenible a través de textos abigarrados. Estos permiten que aflore su mundo, una guardada epifanía encofrada en lo hondo del ser, la riqueza de un escenario, como él diría, de lamé arrasado, un sostén de raso para lastimadas heridas. Si se pone el oído de lector atento en el audaz ritmo del poeta, acude en sordina el timbre de un yo lírico escamoteado a lo largo de toda la obra. Esta obra consta de seis libros, el primero, “Austria-Hungría” (1980), destaca el toque sensual como una constante que impregna al verso de Perlongher. “Alambres” (1987) conlleva el tinte de lo épico. Cabe mencionar la crudeza realista del célebre y extenso poema “Cadáveres” que delirante marca el tiempo de una realidad histórica: “Bajo las matas / en los pajonales / sobre los puentes / en los canales / hay cadáveres. En la trilla de un tren que nunca se detiene / en la estela de un barco que naufraga / en una olilla que se desvanece / en los muelles, los apeadores, los trampolines, los malecones / Hay cadáveres”.
En 1989 se publica “Hule” como muestra flexible, brillante e impermeable de una materia a la que cierta crispación cuartea dentro del verso perlonghiano.
Cuando aparece “Parque Lezama” (1990), título que remite al poeta cubano Lezama Lima y a la vez resulta un homenaje al popular parque capitalino, el poeta reafirma su repetida tendencia hacia una temática erótica. Esa que sujeta al poema dentro de un espacio dedicado al placer y al gozo consecuente, ejemplo son estos versos del poema “Al Deshollinador”: “¿He de seducir al deshollinador / sólo para asegurarme del fracaso del trámite, / pues la chimenea se seguirá atascando, él atrapado en los ijares / y yo sorbiendo de la bota”.
Con “Aguas Aéreas” (1991) comienza una etapa más acabada y más reflexiva para el poeta, quien al transmutar su angustia, pone un aire de “visiones celestes” entre versos, los que entonces transmiten una sensación plena de orden espiritual. Perlongher, como antropólogo, se había abocado a indagar y a estudiar las creencias brasileñas y americanas. En su búsqueda, obtiene por fin un camino de iniciación que resulta decisivo cuando conoce el culto del Santo Daime, religión sincretista que le despierta una suerte de vibración de luz, un éxtasis de índole esotérico espiritual que lo lleva de a poco a lo que él llama: “una especie de satori de zanjón”. Perlongher al decir zanjón se refiere a aquella zanja barrosa que surcaba a lo largo, los caminos de tierra de su provincia; en cuanto a satori se refiere a un término japonés que usa como significado de súbita luz mental que aliena el estado incondicionado de la mente. Así lo expresa en su libro de ensayos “Prosa Plebeya”, dentro del capítulo dedicado a la bebida llamada Ayahuasca o yagé, que opera como alucinógeno. Allí relata las nuevas experiencias que lo acercan a lo sagrado cuando logra un punto de partida para un cambio interior que se manifiesta en “Aguas Aéreas” y donde, a modo de introducción, el poeta pone palabras de Santa Teresa de Ávila: “Es como ver un agua muy clara que corre sobre cristal y reverbera en ello el sol”. Los dos elementos agua-aire lo empapan de emoción y un nuevo soplo luminoso le insufla credo y complacencia. Los versos finales del poema “Diamante” dicen: “Era el cristal / las mil facetas del cristal / los brillos rítmicos / los himnos / celebratorios de una / anunciación / caleidoscopio / frenesí esmaltado”.
Gracia de lo alto para un concreto auto de fe, “Aguas Aéreas” opera como preámbulo para el libro póstumo “Chorreo de las Iluminaciones” (1992), que completa con su aparición la obra de Néstor Perlongher. El título del libro da a pensar que si, por un lado, lo que al chorrear sale y se dilapida en tono de lamento, por el otro esa pérdida germina en poema dando a luz una oración parida con fe casi mística. Esto es lo que acontece con el poema “Alabanza y Exaltación del Padre Mario” al señalar esa toma de conciencia espiritual por parte del poeta, quién ya padecía de lo que él llama “el mal de sí”.
Desde su comienzo, con la lectura del primer estribillo “Oh Padre”, el poema se va desgranando en los otros sucesivos estribillos con tono de incesante rogativa esperanzada, por ejemplo cuando se lee: “Oh Padre únzanos / con el sagrado ungüento de sus dedos de estrella abriendo una divina constelación de yemas en el marrón azul dolor de los pidientes que imploran su piedad la maravilla balsámica del viento de auras que proviene de la pirueta de sus manos”, continúa otro estribillo fervoroso que dice: “Oh Padre tráiganos / la fe las cosas buenas simples como gasas criollas tendidas en el alero de una higuera y la ilusión de un día un lindo día acceder a la elipse callada de su sueño silenciosa callada como un callo del alma de cuya emanación surgiesen sílfides emancipadas de las olas aéreas como aguas aéreas voladoras que dicen que entre las estrellas de más oscura noche se alza la cifra de su mano”. “Concédanos Oh Padre”…. y así sucesivamente.
Si tomamos por un lado el poema en sí y por el otro sólo sus estribillos, se desprende un subpoema que arma una larga y grandiosa oración de humilde canto: Oh Padre calme, Oh Padre cúrenos, Oh Padre párenos, Más Oh Padre soporte, mándenos su energía su luz, Oh Padre vuélvanos buenos generosos gentiles, Oh Padre sálvenos de esta locura, Padre acarícienos reconstitúyanos el aura, Oh Padre amase los agujeros del alma, Padre no nos olvide, Oh borravino Oh Padre como el ruedo de la sotana, Oh Padre al fin protéjanos de nosotros mismos de los otros, Padre su claridad su más que iridiscente claridad, Y resplandece Oh Padre resplandece de nuevo la extraordinaria vuelta de la luz, Oh Padre dénos la luz !!!.
Es así como Néstor Perlongher se muestra distinto con esta genial partitura, escrita sin artificio ni retórica, que lo trasciende mucho más allá de lo inmanente, habiendo experimentado con intensidad la vida hasta el límite de su fuerza, siempre tratando de hallar como buen arqueólogo en cada pliegue, en cada hueco, más allá de lo sórdido o perverso, algún indicio de la verdad única.
Con la muerte a través de su obra, Néstor Perlongher renace en aire diáfano para ser reconocido y consagrarse así como el poeta del Neobarroso, ése al que él autodefine como “un barroco plebeyo, de trinchera, un barroco de barrio”. ©

1 comentario:

SEBASTIAN dijo...

MICHOU hermosa: te felicito por tu excelente aproximación a la poesía de Néstor Perlongher.Lo he conocido en los 70, venía a algunas reuniones con Alberto Vanasco y Joaquin Giannuzi.Una crítica la tuya que logra un rescate de este poeta, si bien no olvidado del todo, arrojado a las sombras por algunos "popes" (impares).Un beso, trataré de difundir tu escrito. SEBASTIAN